OPINIÓN

GALINDO EL SACRIFICADO.

¿Es mejor un ciudadano que un militante como candidato? ¿Qué piensan los priistas? ¿Van a arropar a un extraño como su candidato? ¿Simularan el apoyo? ¿Cuántos militantes harán huelga de brazos caídos y no realizarán trabajo en favor de un candidato impuesto? ¿Ha muerto la carrera de partido?

Hay un falso dilema que enfrenta artificialmente a políticos contra ciudadanos. Por un lado se glorifica la figura del ciudadano que decide hacer política, pero eso sí, sin mancharse, tomando prudente distancia de los políticos, no vaya a ser que se contagie de sus males. Según esta visión los políticos están infectados de todo lo perverso.

En el otro flanco se coloca a los políticos profesionales que encarnan todos los vicios. Su alma está corrompida porque cometen todos los pecados del mundo. Y es cierto, hay miles de casos que comprueban esta convicción. Así de maligna es nuestra clase política.

Pero esta visión que reduce la realidad a dos bandos, buenos contra malos, es engañosa.

Filósofos y teólogos han establecido que una parte de la naturaleza humana es perversa.

“El hombre es por naturaleza perverso y egoísta, sólo preocupado por su seguridad y por aumentar su poder sobre los demás” (Maquiavelo). “Porque del corazón provienen malos pensamientos, homicidios, adulterios, fornicaciones, robos, falsos testimonios y calumnias”. Mateo 15:19.

Así que todos somos malvados en potencia. Y ciertamente, la política no la hacen los ángeles del cielo. Es un asunto terrenal, oficio perverso e ingrato.

En segundo lugar hay que dejar establecido que todos somos ciudadanos con derechos políticos una vez que cumplimos 18 años. Un político es un ciudadano y un ciudadano hace política en su comunidad de mil formas.

Cuando se afirma que un ciudadano apartidista es casi un ángel caído del cielo y que al hacer política todo va a ser diferente, se pretende hacernos creer que los ciudadanos comunes y corrientes están libres de todo pecado cívico. No roban, no matan, son padres ejemplares, no dan sobornos, no son corruptos, no engañan. Ellos representan lo mejor de la sociedad. Son seres virtuosos, santos laicos.

¡Pero claro que esto no es verdad!

Postular candidatos-ciudadanos como instrumentos de salvación ante tanta degradación de la política es sólo una estrategia desesperada para conservar el poder.

El ciudadano Meade y el sacrificio de Galindo.

La realidad es terca y los ciudadanos no son tontos.

La estrategia priista de postular a un ciudadano apartidista no ha prosperado. Meade, el candidato ciudadano, no levanta. Se rezaga en la competencia ocupando el tercer lugar, muy distante del puntero Andrés Manuel López Obrador.

Según la última encuesta de la empresa Buendía&Laredo publicada por El Universal el pasado 29 de enero, El Peje cuenta con el 32% de la intención de voto, Ricardo Anaya con un 26% y Meade con un 16%.

Claro que aún falta mucho para la elección pero son evidencias de que tal vez la apuesta por un candidato ciudadano no acaba de convencer.

Enterarnos de que a dos meses de precampaña apenas se ha logrado ganar la simpatía del 16% de los votantes debe ser una señal de alerta para los priistas. Algo no está funcionando. Meade se está desfondando. La estrategia de postular a un candidato ciudadano quizá ha sido un lance fallido.

El PRI le apostó a un candidato no militante bajo la hipótesis de que cuadros de probada militancia y carrera política no garantizaban el triunfo porque sufrían de un marcado desprestigio.

Está claro que el problema no es el precandidato Meade, que sin duda es el más preparado y con mayor experiencia, sino lo que significa para los ciudadanos la marca “PRI”. Insignia que está muy desprestigiada por actos de corrupción cometidos por ex gobernadores y funcionario de los gobiernos federal y estatal.

Ahora bien, en cuanto al caso de Galindo lo menos que puede decirse es que lo engañaron y traicionaron.

El ex comisionado de la Policía Federal es un militante priista de pura cepa conocedor de las reglas no escritas que rigen al PRI.

Cuando hace algunos meses inició acercamientos con sus compañeros de partido en todo el estado para ser precandidato al Senado fue porque tenía el “permiso” del CEN del PRI y del primer priista del estado.

No hubiera desarrollado el activismo que le conocimos sin el beneplácito de estas dos instancias. Es obvio que también contó con el visto bueno de su jefe y aliado político Miguel Ángel Osorio Chong.

Galindo está formado en la disciplina y lealtad a las instituciones y a los hombres que las representan. Es además un hombre íntegro que respeta su palabra.

Unos días antes de la apertura del registro de candidatos, Galindo tenía todos sus papeles listos para solicitar inscripción como precandidato al Senado de la República.

Pero resulta que en un afán de descarrilar sus aspiraciones se le ofrece competir por la capital para enfrentar a Ricardo Gallardo Juárez. No aceptó y la conspiración para enterrar sus aspiraciones comenzó. La mano que mece la cuna en todo esto quería como candidato a un ciudadano sin partido: Luis Mahbub.

Leal a su partido y acostumbrado a enfrentar la adversidad, Galindo publicó una carta dirigida a los priistas en la que expresa su orgullo militante y agradece las muestras de apoyo que recibió hasta el último momento.

Casi al final de su mensaje el comandante Galindo ofrece una prueba más de integridad: Expresa que…. “Sin traicionar mis convicciones políticas, les manifiesto que decidí no registrarme para la candidatura al Senado con el fin de no ser factor de división dentro de mi partido en el momento adverso que está viviendo”.

Honra al priismo esta conducta. Pero al mismo tiempo los ecos de esta carta que se sintieron en todo el estado fue una cachetada con guante blanco para quienes lo engañaron y traicionaron.

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